jueves, 24 de octubre de 2013

MUJERES QUE HAGAN POLÍTICA COMO MUJERES

“Si una mujer entra en la política cambia la mujer;
Si muchas mujeres entran en la política, cambia la política”
M. Bachelet

Juzgo que la iniciativa enviada al senado por el Presidente Peña Nieto, para que las mujeres accedan al 50 por ciento de las candidaturas no ha tenido el recibimiento que merece.


Si a la jerga política se ha agregado la expresión “de gran calado” para las reformas, es tan pertinente para esta como para las demás que a instancias del Pacto por México se cristalizan.


La brega de las mujeres en defensa de sus derechos ha de tener en esta reforma uno de sus más grandes triunfos. No fue concesión graciosa del Presidente, sino el reconocimiento de una necesidad; congruencia con el más elemental sentido de igualdad ; a resumidas cuentas, justicia para las mujeres de México.


Está por demás decir que la problemática de la mujer no se circunscribe a la esfera político-electoral. Entregar por ley a las mujeres de México el 50% de las candidaturas no resuelve ni siquiera en su totalidad el problema de la exclusión en política, pero aporta un piso mínimo desde el cual construir futuras conquistas.


Millones de mujeres en este país víctimas de la injusticia, de la pobreza, de la falta de oportunidades y de la violencia ni siquiera están interesadas en la política, ni mucho menos tienen sus energías puestas en pos de una curul o de un escaño.


Por ello el compromiso de las mujeres políticas es mayor. Una conquista de este tamaño lleva implícita una responsabilidad de las mismas dimensiones. Una sola mujer política habla y actúa en nombre de cientos o de miles que no están en condiciones o posibilidades de hacerlo.


En las mujeres descansa gran parte del ideal de redignificar la política, de devolverle sus valores, su espíritu, su esencia. La política es mujer y solo la esencia de mujer puede salvar a la política. No necesitamos mujeres a un paso de la hombría, ni mujeres que se mimeticen en el marasmo machista del ejercicio público.


México requiere mujeres que con los mismos afanes con que cuidan el hogar y ven crecer a los hijos, se hagan cargo de la cosa pública. La política no es complicada cuando hay valores por delante. Cuando hay sinceridad, amor, respeto, disposición, compromiso y solidaridad el milagro político ocurre. La política es el arte de lo posible y una mujer todo lo puede.


¿Qué hay más allá de lo aparente de esta reforma del 50-50? No está solo la repartición igualitaria de asientos en el congreso, ni la garantía de “ni una Juanita más”. Hay una consiguiente formación de cuadros femeniles dentro de los partidos políticos para que no se obliguen más a buscar, en las horas previas al registro, mujeres candidatas aunque sean suplentes “debajo de las piedras” y para garantizar –de paso- que no sean siempre las mismas, las ganadoras de “la rifa del tigre”.


Si los jóvenes han fracasado en sus románticos intentos por alcanzar las nominaciones intra partidarias, en las manos de las mujeres está la única posibilidad del entreveramiento si no generacional, al menos sí de género. La lucha de género claramente ha superado la infructuosa lucha de generaciones.


Más derechos conllevan más obligaciones y habrán de ser claramente las mujeres quienes se obliguen a quitar las telarañas, remover los escombros y romper los viejos moldes. Las mujeres están llamadas a ser el agente renovador de los partidos políticos.


Las mujeres llevaron a Peña Nieto a Los Pinos y las mujeres pueden meterlo a la historia. En sus manos está el destino de esta reforma que no debe concluir con su consecuencia aparente. México necesita paridad de género en sus instituciones republicanas, pero no necesita una mitad de mujeres haciendo política como varones.


Quizá sea esa mitad de mujeres la que tienda la mano a la generación joven para llevar también al COFIPE el 30 por ciento de candidatos de hasta 35 años. Si la mujer decide hacer causa común con la juventud, grandes cosas sucederán en este país.


Para aquellas mujeres que piensan como mujeres, que hablan como mujeres y que hacen política como mujeres, vaya un gran abrazo solidario, cargado de esperanza y de los mejores deseos para México para que asuman amorosamente los cuidados de un sueño posible.


@MoisesMolina

viernes, 11 de octubre de 2013

ENRIQUE PEÑA NIETO Y EL STATU QUO


Una cosa es cierta, Enrique Peña Nieto llegó decidido a romper con la parálisis. Al menos, los dos sexenios anteriores, la parálisis fue el estigma de nuestros gobiernos. El gobierno no fue buen gobierno y la oposición no fue buena oposición.

Peña Nieto, independientemente de la simpatía o antipatía que en usted –amable lector- despierte, escogió como casi todos los presidentes, su golpe de timón. Si para Calderón fue la guerra contra el narco, para Peña Nieto tenía que ser un gran acuerdo entre los principales responsables de la parálisis de antaño: los partidos políticos con mayor presencia en el Congreso de la Unión.

El Congreso había sido la congeladora de las grandes reformas en el pasado. La política vista como juego de suma cero – donde solo uno gana a costa de lo que pierden otros- desde la presidencia de la república, así lo provocó. El Presidente de la República debe desprenderse desde su primer día de encargo de los usos lingüísticos como candidato. Peña Nieto redimensionó la lógica gobierno-oposición y los resultados los hemos visto semana tras semana.

El Presidente escogió como el primer gran anuncio de su gobierno el Pacto por México. El Congreso mantiene a plenitud sus funciones legislativas, aunque ahora cuenta con un poderoso catalizador que es a la vez un filtro. No obedece incontestablemente los acuerdos del Pacto (como quedó demostrado en la discusión de la reforma hacendaria respecto del IVA a colegiaturas y vivienda), pero tampoco inicia su trabajo desde la rispidez del cero.

Antaño no existía un nivel de desacuerdo entre ciudadanos como el de ahora, porque el debate no bajaba a las escuelas, a los mercados, a los cafés, a las oficinas. Al debate lo mataban los partidos en el congreso dándose la espalda entre sí y cerrando oídos al Presidente; y si algo se debatía eran cuestiones de mediana trascendencia para las necesidades reales de México como país en relación a sus habitantes.

Hoy se están debatiendo los grandes temas, por eso despiertan tanta pasión. Como nunca, muchos mexicanos los toman como una causa personal; una causa a favor de las reformas o una causa en contra de las reformas.

En el marco del Pacto por México recién refrendado por el Secretario de Gobernación en su comparecencia, los partidos han salido de Babel. Se dieron cuenta que hablan el mismo lenguaje. Osorio Chong lo resumió: no tienen las mismas ideas, pero tienen los mismos fines.

Lo anormal es que un Presidente de la República haya decidido romper con el Statu Quo ¿No sería lo normal que, entonces, se le reconociera? ¿Acaso no quienes se dicen de izquierda se dicen progresistas? ¿No un progresista es el que quiere transformar, romper con las inercias, hacer de este país algo diferente?

En nuestro México de contrastes estamos viendo a los representantes de lo más emblemático del “progresismo” mexicano asumiendo comportamientos dignos de los más recalcitrantes conservadores; defendiendo privilegios, mandando mensajes de que es preferible que las cosas sigan como están, acomodando cual sofistas la circunstancia a su causa de oposición sistemática?

Démonos cuenta, muchos (no todos) de quienes se pronuncian en contra, ni siquiera lo hacen respecto de argumentos, sino respecto del Presidente de la República a quien, incluso en nombre de la libertad de expresión, ofenden.

Soy de los que creen firmemente en el respeto a la investidura. La presidencial es una de las más altas instituciones de México y sea quien sea la persona en quien recae esa investidura, hay que respetarla.

¿Alguien cree sinceramente que Peña Nieto es un imbécil? Peña Nieto no tiene un pelo de tonto y a mí, en lo personal, la señales que me manda son, además de un hombre inteligente, de un visionario. Todas las reformas y todas juntas. Hay solamente dos momentos que un Presidente tiene en su mandato para hacer reformas : al inicio y al final.

Cuando dice que asumirá el costo político de lo que hoy está impulsando, no me dice algo menor. Peña Nieto tiene una causa que es la transformación de México vía sus reformas y me dice que no piensa abandonarla cuéstele en lo personal, lo que le cueste. No es un líder por el hecho de ser Presidente; siendo presidente se convirtió en un líder porque abrazó una causa y la está defendiendo en un escenario donde la polarización tiene mucho que ver con el oportunismo político, con quienes para seguir haciendo política necesitan a cuestas un tanque de oxígeno que hay que recargar cada que se pueda.

Bien sé que hay quienes sienten una profunda herida o un intenso escozor cada que alguien le reconoce o le agradece algo a Enrique Peña Nieto y eso es –aunque no siempre- efecto natural de frustraciones mal encausadas. No se conforman con no estar a favor; pretenden que quienes sí lo estamos, nos volvamos, como ellos, en contra. Y, especialistas en el anonimato y en l troleo, se valen, para ello, de todos los “recursos” verbales a su alcance: falsas burlas, altisonancias, sesudas justificaciones.

A nosotros que creemos en nuestro Presidente, que le queremos, que le reconocemos su liderazgo y que vistos los últimos acontecimientos, somos mayoría, la tolerancia, la mesura, el respeto, nos viene mejor. Pueden decir que nos el gobierno nos paga, que nos da chamba, que traicionamos a la patria, que merecemos morir.

El silencio de quienes no quieren más que trabajar, estudiar, reír, divertirse y amar en paz, interrumpido ocasionalmente por publicaciones como esta, es de ese silencio que habla y que más se escucha por los demás.

Twitter: @MoisesMolina

jueves, 3 de octubre de 2013

2 DE OCTUBRE SÍ SE OLVIDA

“Solamente los anarquistas, sabrán que somos anarquistas

y les aconsejaremos que no se llamen así para no

asustar a los imbéciles.”

Ricardo Flores Magón


La conmemoración del 2 de octubre es una advertencia de lo que no puede volver a ocurrir en este país; es la negación de un México que se ha ido y que no debe volver. Y ese México que se ha ido, no tiene que ver en su raíz con la voluntad o el capricho de los gobernantes en turno sino con la innegable transformación de la sociedad.


Los fantasmas de la desigualdad, de la exclusión, de la falta de oportunidades y de la injusticia social aún nos rondan, pero hay otros que han ahuyentado las sucesivas generaciones de derechos humanos y la capacidad organizativa de la sociedad civil.


El 2 de octubre es el referente de uno de los episodios más oscuros de nuestra historia, el más negro, quizás, de nuestra historia reciente. El 2 de octubre es represión, es muerte, es autoritarismo; es el Estado contra los estudiantes; y son los estudiantes, como voz y voluntad del México de aquellos tiempos.


Pero ¿qué se pretende hacer del 2 de octubre? ¿Cuál es el referente de esta fecha el día de hoy? No se trata de que la fecha nunca se olvide; se trata de cuidar su significado, de que la conmemoración no se desvirtúe, de que su memoria no se manche.


Esta y las próximas generaciones no olvidarán el 2 de octubre, sin duda. Pero le recordarán como algo que nada tiene que ver con 1968. Lo que debe ser una fecha que mueva a la reflexión, hoy mueve al repudio y a la reprobación de la destrucción, el saqueo y la agresión.


El 2 de octubre debía ser una fecha esperada por todos los mexicanos para patentizarle al mundo y comunicar entre los propios que tenemos memoria histórica y que el derecho a la libre reunión y a la libre manifestación de las ideas, están entre nosotros para no irse. Lejos de ello, el 2 de octubre se ha convertido en fecha que llama a la zozobra y al morbo; en que anticipamos desde el día previo el recuento de los destrozos, de las pintas, del saqueo, de las pérdidas.


Los menos se imponen sobre la vocación pacífica y cívica de los más. Son inútiles las invitaciones de los miembros del “comité del 68” a marchar pacíficamente. Una minoría, parece esperar todo el año, para dar, ese día, rienda suelta al vandalismo. Bien saben que saldrán impunes y que, de haber consecuencias, esa mayoría pacífica y ejemplar, los defenderá generosamente.


Para los organizadores de esta y otras marchas, basta con deslindarse, y en algunas ocasiones, “condenar enérgicamente” la violencia, aunque, bien sabemos, no sirve de nada. Los resultados son los mismos y se repiten.


¿Tiene sentido condenar la violencia pasada con violencia presente? ¿No es aberrante imponer el ímpetu destructor de quienes en 1968 aún no nacían a la vocación cívica de quienes vivieron en carne propia esos días? ¿No es contradictorio que quien destruye y agrede se autodenomine anarquista, cuando el anarquismo es en esencia libertad, rebeldía, solidaridad, autogestión, pero no violencia, ni destrucción, ni robo? En nombre de De Bakunin, Kropotkin, Reclus o del mismo Cipriano Ricardo Flores Magón, que alguien les pida que se autonombren cualquier otra cosa, pero no anarquistas.


En Oaxaca conocimos imágenes preocupantes de una policía “encapsulada”, arrinconada por la turba. Superados en número –y aunque no fuera así- tenían la orden de resistir, de no defenderse. ¿Cómo podemos pedir a los agentes del orden “proteger y servir” cuando no pueden protegerse ellos mismos?


Pareciera que nuestros policías han cambiado ya la orientación de su preparación. Ya no es para resguardar el orden, ya no es para proteger ni para servir; pareciera que tienen que aprender ahora “técnicas” para resistir, no solo los golpes, sino además la humillación. Que ¿los policías no tienen derechos humanos?


El policía es el referente inmediato de la autoridad en cualquier sociedad. ¿Qué mensaje mandan nuestros policías a la ciudadanía? Un mensaje de impotencia no es solo preocupante, sino grave. Estas cosas pasan cuando por “tolerancia” y por “represión”, la autoridad entiende cosas que no corresponden a la realidad de esos conceptos.


Pero es entendible que el gobernante, más que a nada, le tenga miedo al costo político.


Pero nuestra sociedad es tan noble que ha demostrado sorprendente capacidad de soportar esto y más. Nuestros policías son un reflejo de nuestra ciudadanía, que se está acostumbrando a la resignación. Se está volviendo normal que las minorías se impongan cuando son violentas. La vocación pacífica del oaxaqueño hace que prefiera cualquier cosa antes que la violencia, aunque al final la consecuencia sea invariablemente violencia.


El 2 de octubre se está olvidando, aunque el día sea omnipresente. Se olvida su significado, su simbolismo. Cada vez se aleja un poco más de Tlatelolco; cada vez se piensa un poco menos en los por qué. Cada vez menos, el 2 de octubre aporta una lección de pasado para el futuro y aparece como una lección -que no se aprende- del presente para el presente.


Es el día de “madrear” policías, esos “perros del gobierno” –leía en facebook-, es el día de matar al “Estado”, de matar al “gobierno”, de matar o de sacar al Presidente en turno y desde luego, de dar rienda suelta a lo más antisocial del ser humano. El 2 de octubre se ha convertido en una contra conmemoración, en un contra homenaje.


Lo publiqué en mi cuenta de twitter y lo comparto ahora con ustedes: “Mientras resolvemos nuestros desencuentros con la pobreza, la exclusión y la injusticia social, necesitamos la aplicación irrestricta de la ley”.


El 2 de octubre no debe ser recordado por las futuras generaciones como el día en que no hay que salir a las calles. El 2 de octubre no debe ser el día de la muerte, sino el día de la resurrección. Rescatemos su honra.

Twitter: @MoisesMolina

domingo, 29 de septiembre de 2013

CRISIS DE LÍDERES

Hay acontecimientos que de cuando en cuando se incrustan en la vida como pedrería. Nos marcan un alto y hacen las veces de una aduana donde nuestro bagaje de opiniones y creencias es revisado. Salimos nuevos, reinventados, provistos de dosis altas de ese material con el que se construyen los sueños.


Con la pintura, aún fresca, es que escribo estas líneas de mi ejercicio semanal. Fuimos solo 15 los privilegiados en la primera generación del seminario “Lidera”, una ejemplar iniciativa de tres mexicanos preocupados y ocupados en lo necesario para este país. Raúl Ferráez, Presidente Ejecutivo de la prestigiada revista Líderes Mexicanos, Enrique Bustamante, Director de la Fundación Ealy Ortiz y colaborador de “El Universal” y Ricardo Homs, Director General de Ries Ries Latinoamérica merecen, aunque no lo pidan, el mayor de los reconocimientos.


Lo que parecía llamado a ser un fin de semana de clases para aprender o corregir el rumbo a ser líderes, devino en algo más profundo alejado de toda superficialidad. Luis Carlos Ugalde lo definió: fue conversación. Reflexionamos, debatimos y concluimos juntos en torno a la primordial necesidad del país, que es una carencia de fondo: la de liderazgo político y social.


El origen de los malestares presentes de México válidamente se encuentra ahí. En mi caminar por los concursos de oratoria se dejaba escuchar recurrentemente (y seguramente se sigue escuchando) una frase: “causas hay muchas, lo que faltan son rebeldes”; rebeldes o no, lo que faltan son líderes.


Con el propio Ugalde, Ana María Salazar, Roy Campos, Ricardo Homs, Raúl Ferráez, Enrique Bustamante y mi paisana Ana María Vásquez Colmenares, convenimos en que el liderazgo es una necesidad social que tiene que ver con la transformación y por ende, según la visión de Peter Drucker -que el Presidente Peña Nieto retomó en su mensaje a los “300 líderes” de México-, con los resultados.


¿Cuál es el perfil de líderes que México pide a gritos? Se habló de liderazgos buenos y malos. Se matizaron los segundos reduciéndolos a mera “influencia”. El liderazgo proactivo, el que construye, el que propone, el que impulsa el avance, el que se funda en una “visión”, en una causa, el que se traza objetivos claros y metas medibles es el que nuestros hijos y nuestros nietos habrán de agradecer.


Hoy que se tiene a casi cualquier cosa por “líder”, la vida nos reservó un asiento en el autobús de la reflexión y quince conciencias hemos asumido la gravedad del compromiso. El liderazgo es para servir, no para servirse.


Y es que el liderazgo sin generosidad no existe. Ricardo Homs nos compartió que “la esencia del liderazgo es la generosidad como una actitud” y en medio del pragmatismo feroz, el cortoplacismo y el egoísmo como sino de nuestro tiempo, la generosidad debe florecer en aquellos para quienes todavía hay tiempo.


México necesita creer, imaginar un futuro mejor y saber que es asequible. En medio de nuestra babel, nadie le pone orden a las ideas, ni mucho menos a las palabras. Giovanni Sartori en su Teoría de la Democracia formuló uno de los últimos alegatos en pro de las palabras y de sus significados. En tiempos donde no hay líderes que comuniquen, la nueva generación debe desenterrar la estafeta para continuar un relevo interrumpido. Entre los quince asistentes habíamos tres amantes de la oratoria que, sin duda, escuchamos con más fuerza este llamado. El llamado a una cruzada para rescatar el sepulcro de las palabras.


Cuanto sufrimos en este adolorido país es natural. Los tiempos cambiaron y los líderes de antaño, ávidos de presente, no. El liderazgo no es un título nobiliario.


Hoy, en razón de uno por cada 7 u 8 millones de mexicanos, quince voluntades juveniles hicimos del hotel Regis el centro del mundo, de nuestro mundo. En medio de la banalidad que a veces nos hace tender a los superfluo, repensamos los concupiscible, lo valioso, lo trascendente y recobramos conciencia de que nuestra labor es ineludible e irrenunciable. No se si queremos ser líderes, pero estoy seguro de que queremos lo mejor para nuestro amado México y haremos todo lo que esté en nuestras manos para realizar un país de sueños cristalizados y esperanzas llamadas a realizarse.



Nos dimos cuenta que tenemos superávit en la balanza de voluntad y que a nuestra edad no se puede pensar en otra cosa, ni desear nada más que esa determinación esté por encima de los años; que como quiso Jesús Reyes Heroles, se puedan tener mil años y seguir siendo joven.


@MoisesMolina

sábado, 21 de septiembre de 2013

TABÚ

Sentí la urgencia de ir al diccionario en busca de la precisión en torno a un término que a pesar de su extraña raíz polinesia es cotidianamente utilizado entre nosotros. La Real Academia Española define “tabú” como la “condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar”.


En eso se ha convertido precisamente, para cada vez más personas, el magisterio oaxaqueño. Por una mala generalización, las decisiones de una élite – que ni siquiera da clases- son asociadas con la totalidad de los mentores oaxaqueños.


Es tal la pasión que despiertan los juicios en contra y a favor del magisterio, que cada día es más creciente el número de personas que optan por la auto represión. Limitan sus comentarios en torno al tema hasta hacerlos inexistentes. Son, en su gran mayoría, oaxaqueños que dudan respecto de los “medios de lucha” de la sección 22, que padecen las consecuencias del ausentismo escolar, de las marchas y de los plantones y hasta lamentan en lo profundo de su fuero interno “la imagen” que a causa de ello se ha construido de Oaxaca, en México y en el mundo; pero también dudan de las bondades de la reforma laboral-educativa que a resumidas cuentas se traduce en la duda respecto de nuestro gobierno.


Hace no muchos días platicaba con un lúcido nuevo amigo. En medio de la conversación que no tenía que ver, en absoluto, con Oaxaca ni con la sección 22, soltó un comentario como boxístico jab: “las relaciones humanas en este país se basan en la desconfianza”.


El mexicano y acaso más el oaxaqueño, desconfían de todo, por todo y de todos. Nuestras encuestas de cultura política y valores lo reflejan. El origen de nuestra desconfianza está en la duda y la duda tiene que ver con la ausencia de certezas.


Con el auge de la ya incuestionada y omnipresente globalización vinieron ríos de información con un agravante que incide en la gobernanza: la información masificada es en tiempo real. A la velocidad de la luz se pone al alcance de todos a través de la internet; y las redes sociales se han convertido en espacios que han ganado a los mismísimos parlamentos la puntualidad en el debate.


Ante lo inconmensurable de la información, pareciera que el ciudadano opta por no informarse y por lo más grave y peligroso: ideologizarse a la ligera, subsumiéndose bajo el manto protector de personajes que, como caudillos, encarnan la sistemática lucha contra el gobierno como símbolo de opresión y explotación –por un lado- y el deseo de progreso y desarrollo para México, por el otro. El mexicano elige con el corazón o con el hígado. Pareciera que elige lo más fácil, lo más cómodo, lo más irreflexivo. O se está, en el actual escenario, con Peña Nieto o se está contra Peña Nieto. Estar con López Obrador, implica estar contra el Presidente; Estar contra el Presidente implica estar contra el PRI. Entre estos polos se agota el debate político en México, un país profundamente irreflexivo.


Nicolas Berggruen y Nathan Gardels invitaron a Ernesto Zedillo a escribir unas líneas a manera de presentación para su pretencioso libro “Gobernanza Inteligente para el Siglo XXI”. Independientemente de su calidad de ex Presidente priista, Zedillo nos regala un secreto a voces: “Contar con ciudadanos y líderes políticos informados con debates serios y análisis rigurosos es una condición necesaria para lograr una adaptación más incluyente y menos conflictiva a un mundo con mayor integración e interdependencia económica y geopolítica”. Esa afirmación pasa por México y pasa por Oaxaca.


Nuestra realidad desafía la categorización tripartita que de la cultura política hicieron Almond y Verba; no pertenecemos ni a la parroquial, ni a la subordinada ni a la participativa. En México somos ciudadanos irresponsables, ausentes del debate porque somos prófugos de la razón. Todo empieza porque no nos gusta leer y nos entregamos complacientemente a las filas del homo videns. Nuestro bagaje de opiniones se reduce a lo que vemos en la TV o escuchamos en la radio en voz de comentaristas tendenciosos o irresponsables. En no pocas ocasiones, sobre todo en el ámbito de los estados, un ciego guía a otro ciego.


La protesta en México aunque pueda ser irracional en sus demandas concretas y particulares, tiene razón de ser. Esa razón es el descontento. La gente busca referentes como culpables. Esos referentes son por excelencia los integrantes de la clase política a nivel federal, en los estados o en los municipios. México es un país injusto, desigual, excluyente y así está en sus subdivisiones político-administrativas. Su clase política es, en su mayoría, mediocre; ha caído en una suerte de zona de confort. Cerrada como es, no admite relevos y por lo mismo, está prohibida la competencia. Estamos aún lejos de la meritocracia y desde hace un buen rato nos siguen “liderando” desde el gobierno (incluidas las cámaras) o lo partidos los mismos de siempre y no tienen para cuando irse.


México (y Oaxaca en México) no tiene la capacidad de pensar a largo plazo, todo es inmediatez. La inmediatez es la plaga principal de los ciudadanos. No estamos dispuestos a esperar, aunque inconscientemente sigamos esperando. Y con la indisposición a la espera viene la desesperanza. Vivimos en desconfianza permanente y malentendiendo la participación ciudadana.


¿Qué necesitamos? Leer, informarnos. Leer el contenido de la reforma educativa, antes de opinar y emitir un juicio o marchar; leer el contenido de la reforma energética antes de vociferar si PEMEX se está vendiendo o no; leer el contenido de la reforma hacendaria antes de asumir una postura.


Las posturas a priori son antidemocráticas y la causa eficiente de que el estado y el país estén infestados de tontos útiles, aquellos que escriben, hablan, marchan y/o se plantan sin saber a qué intereses realmente está obedeciendo en un país donde la campaña presidencial nunca termina.


El facebook y el twitter como inductores naturales del debate político de la juventud deben servir como espacio para ensayar estas reflexiones. Debemos comenzar por ponderar si quien emite un comentario da la cara, si su defensa la nutre de argumentos, si son solo ofensas (incluso personales) sus alegatos, si conoce el tema o es un inoculado más de la frustración, de los rencores pasados y de las llamadas por Felipe González, “utopías regresivas sin horizonte”. Si es así, no vale la pena atender. Por respuesta, invariablemente, siempre se recibirá una ofensa personal.


@MoisesMolina

jueves, 12 de septiembre de 2013

SOBRE LA ORATORIA



Con gran afecto para mis amigos de Palabra en Movimiento A.C y
la academia de oratoria “Hablando el corazón”

Al tiempo de redactar estas líneas preparo mi viaje a Oaxaca para reunirme la mañana del próximo sábado con mis amigos de Palabra en movimiento A.C. Platicaremos, en el paraninfo universitario, con amigas y amigos sobre una de esas cosas “raras”, casi extravagancia que sigue teniendo lugar marginal en nuestra sociedad: la oratoria.


Pocas cosas como la oratoria mueven a tanto prejuicio. ¿Qué es? ¿Para qué sirve? ¿Qué es un orador? Son de las preguntas con record en respuestas a la ligera. Poesía, declamación y oratoria son la misma cosa para no pocas personas; y para muchos de quienes distinguen claramente la diferencia, la opinión es que sirven para lo mismo, es decir, para nada.


Puro rollo -bla bla bla, me recriminaba alguien por facebook-, alguien que seguramente intentó aprender y no pudo o en el peor de los casos, alguien con miedo o pereza de aprender. Tartamudo de la conciencia le llamaría José Muñoz Cota.


Aprender oratoria es a fin de cuentas reconocer que las palabras deben servir para algo más que atender nuestras necesidades básicas, cobrar conciencia de que las tenemos prisioneras de nuestro egoísmo. Las palabras que a diario usamos no necesitan convencer, no necesitan deleitar ni mucho menos conmover. Las ocupamos para no perdernos, para entretenernos, para no quedarnos sin comer, para cubrir las normas mínimas de la cortesía. La oratoria enseña que deben, ante todo, servir para desprenderse … para compartir. En un pueblo como el oaxaqueño con su guelaguetza, ello es emblemático.


¿Compartir qué? Compartir caminos, rumbos, alternativas; compartir conciencia, certidumbre; regalar lo que muchos pueden imaginar, pero muy pocos pueden expresar. Por ello, aprender oratoria no es aprender a hablar, es aprender a compartir y después de mucho tiempo, aprender a vivir.


La oratoria no son solo palabras. Las palabras son el producto final, la punta del iceberg. Detrás de las palabras hay un monolito de ideas y sobro todo de valores. Muñoz Cota enseñaba que “el orador señala caminos” pero, a mi modo de entender, los comparte. Y esos caminos que él ofrece son los caminos que él “piensa” y que “él” siente. La mente, el espíritu y el cuerpo son indisolubles en el orador. Hay quienes hablan sin la mente o sin el espíritu y esos podrán ser cualquier cosa, pero nunca oradores.


La de los concursos es una aduana obligada. No se es el mismo después de un concurso, mucho menos si es el primero.


Probablemente no lleguen a estas competencias los más brillantes, pero sí los más arrojados, los más valerosos. En los concursos se templa el carácter, se gana en el dominio de sí, se torna en orden el caos de las ideas. Bajo la presión de cada concurso de oratoria nos vencemos a nosotros mismos y encaramos con más posibilidades el éxito.


Se ha escrito que “el hombre es su palabra” y es una verdad irrefutable: somos lo que decimos y cómo lo decimos. El orador siempre es un líder. Aquel que “habla” y no es un líder, entonces no es un orador, es solamente alguien que habla.


La oratoria no se aprende en cursos, talleres o academias. No es su misión. La oratoria comienza a aprenderse en casa.


Los discursos no son la oratoria, son solo su producto final. El orador es por antonomasia un buen escritor. El que es dueño de las palabras que dice, debe también serlo respecto de las palabras que escribe.


Recién tuve el privilegio de calificar a los jóvenes que buscaban representar al Distrito Federal en el Concurso Nacional de Oratoria y Debate de El Universal. En el Centro Cultural San Ángel se dieron cita jóvenes de las más diversas escuelas en el DF.


Fue una gratificante experiencia. Después de haber sido partícipe de esa fiesta, no podemos menos que prestar oídos sordos a los detractores de la oratoria y en especial a los detractores de los concursos, que siempre los habrá.


Conocí ahí a nuevos amigos. Jóvenes estudiosos, informados, críticos y –por lo que pude percibir- comprometidos. La oratoria no es solo palabras, es ineludiblemente acción.


¿Por qué existen entonces detractores de la oratoria? Mayoritariamente porque tienen una idea equivocada de ella. Los hay también quienes, frustrados, encuentran consuelo en el denuesto o quienes trasladan aversiones personales; no detractan al orador, detractan todo lo que tenga que ver con él, incluida la oratoria.


Después de las más de ocho horas que duró el concurso salimos con la frustración de no haber tenido tribuna para nosotros, pero con la satisfacción de haber atestiguado que mientras haya jóvenes apasionados de la oratoria, hay esperanza. La oratoria es, entre muchas otras cosas, estudio, disciplina, constancia, compromiso, respeto, tolerancia, elocuencia, argumentación.


En pocas palabras y para acabar pronto, la oratoria es sustrato urgente para nuestra clase política del futuro.


El propio Muñoz Cota nos dejó un decálogo. Diez leyes que son al mismo tiempo 10 respuestas y que entregan en su exacta dimensión el testimonio de que lo mejor que le puede pasar a un ser humano es convertirse en un orador.


Dicen que la oratoria es un arte, hay quienes la definan como una disciplina o hasta como una rama de la literatura.
Los más utilitarios dicen que es una técnica. En realidad la oratoria en su forma más acabada es un estilo de vida. “Los pueblos que no hablan se suicidan” nos dejaron dicho y por ello la oratoria es vida.


¿Cuáles son esas 10 leyes que hacen que nos detengamos un instante antes de hablar de la oratoria y de los oradores? Aquí las dejo:


1.- Hablar en público y hablar bien es un privilegio, pero al mismo tiempo es una responsabilidad.


2.- El orador señala caminos; tiene el compromiso de no equivocarse.


3. - Que no hable quien no sepa lo que dice. La cultura universal no es un instrumento para el éxito del discurso; es el alma de la palabra. La tribuna no es asilo para la ignorancia.


4.- El artesano hábil cuida su herramienta de trabajo; el orador estudia y pule su lenguaje, abreva en el lenguaje de los grandes maestros.


5.- Todo fondo implica forma, no hay discrepancia, la verdad no está reñida con la belleza. Persuadir y convencer son tiempos unidos de estilos discursivos.


6.- Los enemigos de la oratoria son los tartamudos de la conciencia. Pensar y expresarse son parte de la vida indivisible y única.


7. - Tarde o temprano el orador habla en nombre de su patria y se transforma en guía, orientador, en maestro.


8.- La conciencia nacionalista se manifiesta mediante la expresión. Conciencia y expresión son ejercicio vital.


9.- La oratoria de los jóvenes es el espejo de su personalidad, ni se empeña ni se vende.


10.- No subas a la tribuna sin una causa justa qué defender, ni bajes de ella sin la certidumbre de la dignidad cumplida.


@MoisesMolina


viernes, 6 de septiembre de 2013

¿A FAVOR DE LOS MAESTROS Y A FAVOR DE LAS REFORMAS?

No olvidamos, ni queremos olvidar el dulce título de mexicanos,
aunque la traición y la calumnia y todos los rencores de partido,
colmen nuestra existencia de maldiciones y amarguras

Ponciano Arriaga

Reitero. Es la parálisis el Waterloo de nuestro país. Pasan los años y México sigue, en términos generales, igual. El México próspero, lugar común de todos los discursos gubernamentales, se ha quedado desde hace varios años en el papel.


Vemos pasar otros países en su ruta a la prosperidad y no dejamos de ser meros espectadores.
Si alguna palabra hemos de escoger para describir la historia reciente de México en términos económicos, esa palabra es “mediocridad”. Después de la crisis de deuda del 82 y de las graves crisis del 94-95, interrumpida por la crisis hipotecaria exógena de 2009, México no ha tenido mayores contratiempos. El manejo económico ha sido, bien que mal, responsable pero entramos en una zona de confort, de complacencia. Hemos comparado, por años, nuestro progreso con el de otros países de América Latina, en lugar de hacerlo con el resto del mundo.


El origen de la disyuntiva que tantas pasiones despierta con las reformas está en respondernos si debemos seguir como hasta ahora, para que nuestro futuro sea reflejo fiel de nuestro pasado o si intentamos algo nuevo para que México prospere económicamente. Inmovilidad o cambio son las opciones a elegir.


El desprestigio de la política y más en específico de los políticos, nos alcanzó y las posturas antes que en su contenido, son juzgadas en función de su emisor. Las elecciones no terminan con la toma de protesta (del Presidente de la República, por ejemplo) y los mexicanos (políticos y ciudadanos) vivimos en campaña permanente. Seguimos estando en contra del presidente aunque ya no sea candidato; vitoreamos fervorosamente los dichos del perdedor cual si fuera el presidente. No juzgo que esté mal o bien. Simplemente así estamos.


Cuestiones tan delicadas que debían decidirse en el seno de la democracia representativa, son llevadas a las ágoras de los medios de comunicación y las plazas públicas. Las reformas no son del presidente, su única facultad es proponerlas, “iniciarlas”. El presidente y su equipo proponen y el legislativo dispone. ¿Puede el presidente querer lo peor para México? ¿Puede el legislativo perversamente convalidar ese destino?


La democracia así funciona. Nosotros cumplimos nuestra parte eligiendo a nuestros representantes. Con nuestro voto les entregamos nuestra confianza. No quiere decir esto que permanezcamos sordos y mudos, indiferentes ante lo que se discute y decide, pero nuestro papel no es, en una mala interpretación de nuestro artículo 39 constitucional, pretender hacer el trabajo de nuestros representantes.


Las minorías deben claramente ser escuchadas, sus planteamientos ser ponderados, pero no tomados como órdenes que cancelen lo que las mayorías decidan. La libertad propia debe terminar donde comience la libertad de otros.


¿Por qué el Presidente Peña Nieto se ha metido en camisa de once varas? ¿Busca su beneficio personal? ¿Las “empresas extranjeras” le darán dinero por “vender el país? ¿Qué le podrían haber ofrecido para que traicione a México y a los mexicanos, el pueblo que gobierna? ¿Lo tienen amenazado? ¿Son ocurrencias todas esas reformas que propone? ¿Por qué tantas reformas prácticamente al mismo tiempo?


Mi percepción (que a más de uno escandaliza) es que tenemos un presidente decidido a hacer lo correcto y lo necesario para que México lo recuerde como un gran presidente; que no busca las palmas y los vítores del momento. Tenemos un presidente decidido a transformar, a pasar a la historia fuera de la escala de grises, un presidente que quiere un lugar de reconocimiento en la memoria de las futuras generaciones. Yo le concedo el beneficio de la duda.


¿Qué me anima? A raíz de toda la babel que se ha desatado en tornoa las reformas, me puse a estudiar para encontrar respuestas y me encontré con un voluminoso documento preparado por el Instituto Mexicano para la Competitividad, México Evalúa Centro de Análisis de Políticas Públicas A.C, Real Instituto Elcano y Centennial Group, este último, responsable de trabajos similares para India, América Latina y Asia. Es un esfuerzo, para mí, interesantísimo de prospectiva cuyo título es elocuente: “México 2042 Futuro para todos”.


Me reprocharán que es un estudio globalizante, hijo del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial, de la OCDE y del BID; de todos esos organismos imperialistas que quieren desde siempre devorarse a México y a todos los países emergentes y ponerlos al servicio de los intereses de Los Estados Unidos. Quien lo lea, si es que no está irremediablemente ideologizado, encontrará razones convincentes no solo para ir por las reformas, sino para hacerlo urgentemente.


Tenemos un bono demográfico, reflejado en y un sustancial incremento en la población en edad productiva en proporción a la población total, que va a durar hasta 2035. En 2050 México será un país de adultos mayores. Si estos años de bono demográfico se dejan pasar para que el futuro sea un reflejo de nuestro pasado, estaríamos perdiendo una oportunidad histórica que no sabemos cuándo se vuelva a presentar, pero seguramente no viviremos para protagonizarlo.


¿De qué se tratan las reformas? De tener una buena base de éxito para que México sea exitoso y próspero en 2042. Hay 4 diferencias clave entre hacer y no hacer lo que, entre otras cosas está comenzando a proponer el Presidente:


1. Producto Interno Bruto para 2042
Opción de prosperidad: 7.4 billones de dólares
Opción de mediocridad: 3.1 billones de dólares

2. Participación de la riqueza mundial
Opción de prosperidad: 3.0%
Opción de mediocridad: 1.3%

3. Tasa promedio de crecimiento
Opción de prosperidad: 4.6 %
Opción de mediocridad: 2.8%

4. Ingreso per cápita de los mexicanos
Opción de prosperidad: 46,400 dólares
Opción de mediocridad: 27,400 dólares


¿Por qué necesitamos reforma educativa? Porque la educación de calidad, que no tenemos, es la herramienta más poderosa para incrementar el crecimiento económico con una fuerza laboral de excelencia (que tampoco tenemos), mejorar la competitividad y promover la inclusión. Este país necesita competitividad e inclusión que solo puede dar una buena educación.


¿Por qué necesitamos reforma energética? Porque una economía competitiva necesita petróleo, gas y electricidad con precios, valga la redundancia, competitivos.


¿Por qué requerimos reforma hacendaria? Porque no podemos seguir dependiendo de las fluctuaciones en la producción y los precios del petróleo. Necesitamos recaudar y gastar mejor para no seguir dependiendo de un recurso natural que algún día se va a acabar.


No se trata de festinar la derrota constitucional de quienes desquician nuestras calles, también son mexicanos. No se trata de alegatos inflamados en pro de la represión, sino de la toma de conciencia de que este país y sus entidades en pacto federal necesitan orden. No se trata de seguir en campaña denostando o defendiendo a quien ganó, si no de entender los más posibles, que vivimos en una república representativa que tiene un lugares para legislar que son los congresos, no las calles, que el que ganó, pues ganó y hay que dejarlo trabajar. No se trata de desear que los profesores cobren menos o pierdan sus empleos; los buenos profesores, los que estudian, se preparan, se actualizan, cuya verdadera vocación es con la niñez y en las aulas -y no la política en las calles - estarán bien y en paz con la sociedad. El descontento no es con los profesores, es con sus líderes.


No se trata de poner a nadie en contra de nadie, ni de ponerse uno en contra de otros, mucho menos de poner a otros en contra de uno mismo. Este país necesita concordia y nos necesita a todos. Seguimos siendo mexicanos con o sin reformas. Los violentos de palabra y actos son los menos. Es posible defender nuestras posturas sin la asunción de enemigos. Es posible estar a favor de los profesores y a favor de las reformas; en contra del presidente y a favor de la razón. Como quería Ponciano Arriaga, mantengamos el dulce título de MEXICANOS.


Twitter: @MoisesMolina